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    27 junio

    El mal menor...

     

     

    Un golpe. Un traqueteo. Un suave susurro. Un leve pitido. Un golpe, de nuevo.

     

    El tren avanzaba a gran velocidad por campos y ciudades y hacía horas que Alex no podía conciliar de nuevo el sueño. El viaje se estaba alargando más de la cuenta, haciendo que se sintiera incómodo en su habitualmente mullida silla de ruedas.  Los golpes que daba ésta repetidamente contra una de las paredes del tren le habían despertado hace rato.

     

    Echó de nuevo un vistazo al vagón. Dos niños descansaban en los brazos de su madre que, con gesto paciente, los observaba descansar. Había en el vagón, además, una pareja de ejecutivos que charlaba sobre los últimos acontecimientos de su nueva empresa, y, más adelante, un grupo de mujeres que parloteaban animadas, además de él y sus dos acompañantes.

     

    No, no se arrepentía de su decisión. Su martirio había comenzado años atrás cuando, debido a un accidente laboral, perdió la movilidad en las piernas. Desde entonces permanecía aprisionado en sí mismo, además de en una silla de ruedas, dependiente para casi todo, cosa que iba en contra de sus principios y  perdiendo, al mismo tiempo, la ilusión que había tenido por la vida y por su trabajo, dado que no podía desplazarse de su domicilio apenas. Ya no tenía ni sentía nada: se encontraba totalmente vacío, y su desesperación y su angustia llegaron a tal punto en el que se planteó que había llegado La Hora. Tenía los suficientes contactos, no sería difícil maquillarlo todo. Si, ¿por qué no?  Después de todo, ¿quién le iba a echar en falta?

    Pero no, no podía hacerlo solo. Y fue entonces cuando, en la nebulosa que ahora formaban sus recuerdos blanquecinos, se acordó de ellas.

     

    Levantó la mirada.

     

    Ella miraba por la ventana fijamente, viendo las colinas pasar de forma apresurada, como volando, como si quisieran hacer que La Hora llegase mas deprisa. Era la viva imagen de la disciplina, fruto de su educación y esfuerzo todos esos años. Se sentía orgulloso de ella: al final había conseguido su meta pues ésta se encontraba más o menos estable como profesora en una Academia de Danza de prestigio. Mas su semblante estaba oscuro como nunca, curtido como siempre, sin expresar sentimiento alguno y el azul de sus ojos se apagaba a cada segundo que pasaba.

     

     

    Por su parte, ella aún recordaba la emoción que sintió cuando él la llamó. Hacía siglos que no le veía, a pesar de que habían mantenido el contacto desde su despedida en la época universitaria. Y ahí estaba él, invitándola a su casa de  para cenar. Le llamó la atención el tono de seriedad de la invitación, detalle que la puso en seguida en guardia. Preocupada, preguntó si todo iba bien, mas él, rotundamente, contestó que la respuesta la obtendría únicamente en persona.

     

    Fue allí, en la puerta de su casa, a punto de pasar, donde se encontró de repente a Clarita saliendo del coche, la cual volvía de una inauguración en Burdeos. ¡Ella tan atareada como siempre! Sorprendida, la abrazó llena de alegría: no la veía desde su última estancia en Madrid por motivos de trabajo.

     

     

    Él recordó sus caras de asombro al verle en semejante estado y sus rotundas negativas a su oferta: debían acompañarle a Suiza, uno de los pocos lugares en los que se podía ejecutar La Hora de una manera un poco más que disimulada… tenían que hacerlo, por él, por su amistad.

     

     

    Y pesar de todo, aún no podía perdonarse por haberlas puesto en semejante compromiso… Pero eso ahora daba igual. La decisión, estaba tomada.

     

     

    Ellas no podía hacerse a la idea de haber aceptado semejante locura. ¡Pero en qué pensando! Mas… ¿acaso podían ellas negárselo? ¿Qué es mejor, ayudar a morir y evitar el sufrimiento, o ver morir sufriendo a un ser querido? ¿Cuántos casos de sinvivir se daban como el suyo? ¿Cuánta gente como él moría por no poder soportar la vida…?

     

     

     

     

    ¿CUÁL ERA EL MAL MENOR?

     

     

     

     

    […]

     

     

     

     

    Hoy ellas lloran lágrimas saladas por haber permitido aquello. Por haber perdido a la persona más fuerte que había conocido que, finalmente, optó por rendirse al destino, y dejar, ya para siempre, de luchar como lo había estado haciendo hasta entonces, esquivando latigazos, subiendo cuestas sin bajarlas y sin perder, eso nunca y hasta el momento, la sonrisa y la felicidad que irradiaba a cada momento…

     

     

     

    Ellas, al fin y al cabo, nunca tuvieron elección.

     

     

    Y  sí... ellas sí que le iban a echar en falta.

     

     

     

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